A Ramón no lo echaron de otras agrupaciones por falta de compromiso. A Ramón lo echaron porque **nunca dudó de su propio ritmo**. Porque cuando uno está convencido de que marca bien, no entiende por qué tiene que adaptarse al resto. Y en grupos donde hay demasiadas cabezas fuertes, alguien así termina siendo un problema.
Ramón toca la caja, pero en realidad lo que hace es **marcar territorio**. Cada golpe suyo es una afirmación. Cada entrada, una declaración de intenciones. Cree que si la caja no está clara, todo se desarma. Y esa creencia lo ha acompañado siempre, para bien y para mal.
Dentro de Los CHIPIJAPI, Ramón se encarga de sostener el pulso. Es el que intenta que la música no se deshaga del todo cuando los egos musicales empiezan a tirar cada uno para su lado. Tiene el cuerpo metido en el ritmo, quizá más que el oído. Porque Ramón oye regular, aunque no le guste reconocerlo. Y esa pequeña sordera ha sido gasolina para más de una discusión.
Ha tenido aciertos evidentes. Ensayos en los que, gracias a su caja firme, el grupo ha encontrado un punto común. Momentos en los que una copla, que parecía desordenada, se ha asentado porque Ramón no ha dejado de marcar. En esos momentos, su ego se refuerza. Piensa que, si no fuera por él, aquello sería un caos absoluto.
Pero también ha provocado auténticos desastres. Entradas cruzadas, tempos imposibles, golpes fuera de sitio que han obligado a parar una y otra vez. Discusiones interminables con Alfredo, donde ninguno cede, cada uno convencido de que el otro va mal. Ensayos que han terminado con caras largas y la sensación de no haber avanzado nada.
Ramón no se ve chapucero. Se ve **constante**. Cree que el problema no es el ritmo, sino que los demás no saben seguirlo. Y en parte tiene razón… y en parte no. Porque Los CHIPIJAPI no son una agrupación ordenada, sino una suma de egos que rara vez miran en la misma dirección.
Pertenece al grupo del mar porque funciona como una marea constante. Golpe tras golpe, aunque nadie escuche. Aunque nadie siga. Él sigue marcando. Porque para Ramón, parar es perder.
Y aun así, cuando llega el día de la cabalgata y todo suena como suena, Ramón sonríe. Porque sabe que, dentro del caos, **su caja ha estado ahí**. Puede que nadie lo reconozca en voz alta, pero él lo siente. Y con eso le basta para seguir, año tras año, en una agrupación que cree que lo está haciendo de maravilla… aunque desde fuera se vea otra cosa.