*(grupo mar · músico · montaje · ego derrotista funcional)*
A Kim no lo echaron de otras agrupaciones por no implicarse. Lo echaron por todo lo contrario. Porque se implicaba tanto que acababa desbordado, y cuando Kim se desborda, arrastra a quien tenga alrededor. Siempre fue de los que se cargan con demasiadas cosas, de los que dicen que sí a todo y luego pagan el precio.
Kim pertenece al grupo de los músicos y al imaginario del mar, pero su relación con ese mar no es idílica. No es el del horizonte tranquilo ni la brisa suave. Kim vive el mar como tormenta. Como oleaje que no te deja avanzar. Y esa sensación se la lleva a todo lo que hace dentro de Los CHIPIJAPI.
Dentro de la agrupación, Kim se encarga sobre todo de tareas de montaje, apoyo y manualidades. Cortar, pegar, montar estructuras pequeñas, rematar detalles, ayudar donde haga falta. Y siempre empieza con buena intención. Con ganas. Con la idea clara de que esta vez va a salir bien. El problema es que algo siempre falla. Se rompe una pieza, se cae una tela, la pintura no cubre como debería, la cola se despega cuando ya parecía seca. Y Kim lo vive como una confirmación de que todo va a salir mal.
Ahí aparece su ego. Un ego raro, incómodo, casi contradictorio. Kim no cree que sea el mejor, pero cree que **si no se hace como él dice, el desastre es seguro**. Por eso insiste, por eso se enfada, por eso levanta la voz. No para imponerse, sino para intentar evitar una catástrofe que él ya ha visto venir en su cabeza.
Ha tenido aciertos importantes. Momentos en los que, calmado y sentado, ha visto soluciones que nadie más veía. Ajustes de última hora que han salvado un montaje cuando ya parecía perdido. Ideas prácticas, sencillas, que han funcionado justo porque venían de alguien que ha sufrido mucho los errores. Pero esos aciertos suelen llegar cuando Kim se relaja… y eso no es lo habitual.
También ha protagonizado escenas memorables de caos. Brochas volando, telas manchadas, piezas montadas al revés, discusiones en mitad del montaje que han terminado con alguien sentándolo casi por la fuerza. El grupo ya lo sabe: cuando Kim empieza a alterarse, hay que pararlo. Sentarlo. Darle un momento. Porque de pie es un volcán, pero sentado es otra persona.
En el popurrí aparece retratado sin disimulo. Cansado, superado, arrastrando el día, la vida, la familia, los problemas acumulados. Ese Kim no es un personaje exagerado: es él. Y ahí está la clave de por qué, a pesar de todo, el grupo lo quiere tanto. Porque Kim no finge. Kim no se pone una máscara de carnaval. Kim es así.
Kim no se ve chapucero. Se ve **realista**. Cree que los demás viven en una nube y que alguien tiene que decir que esto no está tan bien como parece. El problema es que su forma de decirlo genera más tensión que soluciones. Y aun así, muchas veces tiene razón.
Ha sido expulsado de otras agrupaciones porque nadie quería cargar con ese peso constante. Aquí, en Los CHIPIJAPI, lo han aceptado con todo lo que trae. Porque saben que, cuando llegue el día de la cabalgata, Kim estará allí desde el principio hasta el final. Protestando, sí. Quejándose, también. Pero sin irse.
Y cuando todo termine, cuando la carroza se detenga y la música se apague, Kim se sentará, suspirará y mirará alrededor. Y en ese momento, aunque no lo diga, sabrá que ha merecido la pena. Porque, incluso desde su derrota permanente, Kim también quiere ganar. Y lo quiere tanto como el que más.