grupo mar · músico · guitarra · ego poético expulsado)
A Edu no lo echaron de otras agrupaciones por discutir ni por faltar a ensayos. A Edu lo fueron dejando de lado poco a poco, que es peor. Porque mientras los demás querían resultados rápidos, letras claras y músicas que entraran a la primera, Edu iba por otro camino. Un camino más lento, más sensorial, más suyo. Y eso, en grupos llenos de prisas y egos mal digeridos, acaba sobrando.
Edu toca la guitarra, sí, pero en realidad traduce sensaciones. No concibe la música como una sucesión de acordes, sino como una atmósfera. Para él una copla no empieza en la primera nota, empieza antes, en el silencio previo. Y no termina en el remate, sino cuando se queda flotando en el aire. Esa manera de entender la música fue la que lo fue alejando de otras agrupaciones, donde le decían que era "muy bonito, pero poco práctico".
En Los CHIPIJAPI, Edu se encarga de aportar esa guitarra que no va a lo obvio. Es el que propone arreglos que parecen fáciles hasta que alguien intenta tocarlos. El que sugiere bajar un tono porque "así respira mejor". El que pide no correr, aunque todo el mundo tenga prisa. Su función no es liderar ni imponer, sino empujar la música hacia un sitio más profundo, aunque eso complique las cosas.
Ha tenido aciertos claros. Momentos en los que una copla, que parecía plana, ganó cuerpo gracias a un arreglo suyo. Ensayos en los que, cuando por fin se le hizo caso, el grupo notó que algo encajaba mejor, aunque no supieran explicar exactamente por qué. Esos son los momentos que alimentan su ego, un ego silencioso pero firme. Edu está convencido de que su manera es la correcta, aunque no siempre sea la más cómoda.
Pero también ha provocado desastres. Propuestas demasiado etéreas para un grupo ya de por sí desordenado. Cambios que nadie supo seguir y que acabaron en entradas perdidas, miradas cruzadas y Juan Kopeki llevándose las manos a la cabeza. Ideas que, sobre el papel, eran preciosas, pero que en la práctica se perdían entre el ruido general y la falta de disciplina del grupo.
Edu no se enfada cuando eso pasa. No discute. No levanta la voz. Simplemente se aparta un poco, sigue tocando y deja que el tiempo haga su trabajo. Porque Edu tiene una certeza que no se le ha ido nunca: el mar siempre acaba imponiéndose. Puede tardar, puede rodear, pero vuelve.
Pertenece al grupo del mar no solo por estética, sino por carácter. Piensa como piensa alguien que nada mucho: sabe que no se puede luchar contra la corriente todo el rato. Hay que saber cuándo dejarse llevar y cuándo bracear fuerte. Esa filosofía choca frontalmente con egos más rígidos del grupo, especialmente con Juan Kopeki, que necesita controlar cada compás, y con Alfredo, que quiere decisiones claras y cerradas.
Aun así, Edu no está fuera del grupo. Al contrario. Es uno de esos miembros que no parecen imprescindibles hasta que faltan. Cuando Edu no está, la música suena correcta… pero seca. Funciona, pero no emociona. Y eso, en una cabalgata que ellos creen sofisticada y de alto nivel, pesa.
Edu tampoco se ve chapucero. Se ve fino. Se ve elegante. Cree que lo que están haciendo tiene más nivel del que parece desde fuera. Y aunque la realidad sea que muchas veces todo queda a medio camino entre lo ambicioso y lo torpe, Edu sigue convencido de que la intención vale. Que el jurado, de alguna manera, lo notará.
Su ego no es de escenario ni de aplauso. Es de autor. De saber que, aunque no se note, algo de lo que suena lleva su huella. Y con eso le basta para seguir, año tras año, en una agrupación tan caótica como Los CHIPIJAPI, convencido de que esta vez, con su mar empujando desde abajo, el primer premio está más cerca.