*(grupo mar · músico · bombo · diseño de disfraces · ego del oficio)*
A Alfredo no lo echaron de otras agrupaciones por faltar ni por vaguear. A Alfredo lo echaron por **no ceder**. Porque cuando Alfredo cree que algo está bien pensado, no entiende por qué hay que tocarlo. Y porque cuando ve que se mete mano sin criterio a un trabajo serio, se cierra en banda. Eso, en grupos donde todo se decide a base de opiniones rápidas y consensos flojos, termina mal.
Dentro de Los CHIPIJAPI, Alfredo tiene dos responsabilidades enormes: el bombo y los disfraces. Dos cosas que parecen distintas, pero que para él tienen mucho en común. Ritmo y estética. Base y envoltorio. Lo que sostiene y lo que se ve. Alfredo entiende ambas como un oficio, no como una ocurrencia.
Con el bombo, Alfredo busca dar cuerpo. No lucirse. No correr. Quiere que la agrupación suene sólida, que tenga peso, que cuando entre una copla se note abajo algo firme, constante, casi físico. Ha tenido momentos muy buenos, ensayos en los que el grupo, gracias a su ritmo, ha dejado de ir cada uno por su lado. Pero también ha protagonizado discusiones eternas con Ramón, choques de carácter en los que ninguno cede y el ensayo se convierte en una guerra de golpes cruzados.
En los disfraces es donde más se le nota el ego. Alfredo piensa el tipo como un conjunto cerrado. Colores, formas, volúmenes, materiales. Lo trabaja en su cabeza durante días, incluso semanas. Cuando lo presenta, cree sinceramente que **ya está resuelto**. Y ahí empieza el problema. Porque el grupo opina. Todos. El del verde quiere más verde, el del fucsia quiere que destaque, el del mar quiere otra textura. Y Alfredo siente que están destrozando algo que tenía sentido.
Ha tenido grandes aciertos. Disfraces que, pese al caos general, han conseguido coherencia. Ideas visuales que han dado identidad a la agrupación. Momentos en los que, al final, se ha demostrado que su primera propuesta era la buena. Pero también ha sufrido auténticos desastres. Cambios impuestos a última hora que han terminado en conjuntos sin armonía. Materiales mal elegidos por presión de grupo. Decisiones aceptadas a regañadientes que luego nadie quiso asumir como propias.
Alfredo no grita mucho. Habla bajo. A veces tan bajo que parece que no le importa. Pero por dentro se le nota la lucha constante entre su orgullo profesional y la necesidad de seguir formando parte del grupo. Muchas veces calla para no romperlo todo. Y ese silencio pesa.
Pertenece al grupo del mar porque trabaja como alguien acostumbrado a esperar. A medir. A no precipitarse. En una agrupación llena de egos acelerados, Alfredo es de los pocos que entiende que no todo se puede improvisar. Y eso lo ha convertido en una figura incómoda… y necesaria.
Alfredo no se ve chapucero. Se ve **frustrado**. Cree que podrían hacer algo realmente grande si se respetaran un poco más los oficios. Y aun sabiendo que el resultado final siempre será una mezcla extraña entre lo bien pensado y lo destrozado por consenso, sigue ahí. Porque también tiene su ego: el de creer que, si se va, todo será peor.